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Blanco-azul inerte, iluminado, oscuro. La luz apunta a mis ojos de rebote, los libros en la cama están cansados de mí y yo siento su indiferencia. Indiferencia como tal, que no evade pero es vacía, tan vacía que logró ser la progenitora del hueco en mi ser, en el ser profundo y activo que sobrevive a la macabra jugarreta de la vida que me ilusiona con poner fin al viaje falso del movimiento.
A la deriva, en la resaca de un mundo acabado del cual solo queda la nostalgia. El sosiego que me provoca su mundo compartido con tantos, entendido por pocos y vivido por nadie se termina. El cavileo sin argumentos se hace presente como las hormigas rojas que se devoran todo a su paso.
Las ideas caminan por mi mente tan reales que las veo, las siento golpear, pero con esos golpes que no se escuchan, sino que se perciben, inquietas, desenfrenadas, angustiadas ya por tanto devaneo inútil e inmisericorde.
El cielo oscuro y sin estrellas, excepto una, que no es estrella sino mancha, mancha de luz en la oscuridad, mancha que crea inverosímiles pretextos para huir de la realidad. Mancha que podría bien ser la idea libertaria en esta espantosa dualidad. Mancha al fin, mancha que se debe borrar.
La luna brilla llena, ilumina todo por lejos que está. Las calles, repletas como nunca, con espíritus libres que vagan, por fin, hacia la eternidad. El mundo se limpia la cara de esta horrorosa humanidad que finge demencia, amor, igualdad. Mientras, las calles están vacías, la gente duerme, unida por luchar contra la enfermedad, la luna no está.
Los golpes inaudibles cesan, los pasos se dejan de escuchar.
En otro lugar y en otro momento, yo, miro hacia arriba, estoy despierto.
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