Ojos
Por estos días, en los que las luces adornan la ciudad en su oscura y ruidosa soledad, en los que las calles, con olor a esas flores que no son flores y que pintan de un amarillo aroma el sucio aire que hay para respirar, están llenas de estruendosas almas que aún no comprenden -o quizá nunca comprenderán- que la vida es el sueño del sopor que cae al dormir de verdad.
Sí, justamente por estos días, es que mis ojos, cansados de tanto mirar, decidieron buscar la oscuridad. Y no, no es esa común y conocida tiniebla penumbrosa que huye lo más que puede de las ondulantes partículas del sol, no es de ella que hablo, sino de aquella oscuridad que mis ojos, puertas de mi alma como dicen algunos creyentes de lo sobrenatural, al no encontrarla, crean.
Esa oscuridad que se forma al mirar el cielo, un girasol o una estrella no real.
Entonces, al dejar de temerle, al aceptarla, la miro y la descubro, la siento y la pienso, la vivo y la comprendo. Me adentro y lo primero que veo - o creo ver, no encuentro otra palabra para describir la inteligibilidad de lo que estoy percibiendo- es a un niño con miedo a dormir, de 5 o 7 años, puedo escuchar sus pensamientos, no existe ningún sonido audible, pero los escucho, el pequeño enclenque descubrió la muerte, no la vio, ni la sintió, ni perdió a nadie, solo la comprendió. La comprendió viéndose sin nada, siendo nada, volando sobre los empedrados de la corta vida que, hasta ahora, conoció, a gran velocidad, sin entender nada, sin saberse, recordando que existían otros seres con él, pero sin saber qué era una madre, un padre o un hermano, sin siquiera saber qué era él.
Más dentro en esa oscuridad, todo se hace más difuso, no veo a nadie, pero si que lo siento, está triste, está solo, se refugia, no sabe nada, solo que no es seguro, pero no lo puede dejar. De pronto me asusto, veo mis manos, siento los ojos ¿Son lágrimas? El suelo, es agua, las paredes húmedas, escucho al niño llorar, giro, veo la parte de atrás de una casa blanca, tan blanca que ilumina las calles que están destrás, no alcancé a ver qué había después del muro blanco, me distraje, pude ver dónde estaba.
Un pequeño portón de hierro, con mucho herrumbre, cuadrado, con varillas circulares y planas; las circulares servían de barrotes, mientras las otras, colocadas de forma vertical con sus caras mirando a los costados, hacían unas delicadas curvas formando adornos que daban un toque de elegancia al pequeño armatoste de hierro colocado entre rejas de madera, mohosas y grises. Dentro del cercado, una mezcla de tierra, pasto y piedras que intentaban ser cuadrangulares y que formaban un sendero o camino hasta el portal de la casa.
Podía haber vagado más por allí, escuchado, visto y sentido mucho más... Pero entonces lo noté y huí, no era oscuridad lo que estaba mirando en el exterior, era yo, mirando mis ojos.
Muy bueno 👏
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